lunes, 11 de febrero de 2008

Fe y política


1. Política social (P)

Es todo lo que se refiere al bien común de la sociedad. O bien, la participación de las personas en la vida social. Así, por ejemplo, la organización de la salud, de la red escolar, los transportes, la apertura y el mantenimiento de calles, de agua, de alcantarillado, etc., tiene que ver con política social. Luchar por conseguir un puesto de salud en el barrio, unirse para hacer llegar una línea de autobús hasta la periferia, participar en una manifestación en el centro de la ciudad en favor de la reforma agraria, o contra la especulación urbanística, o contra la violencia policial... es hacer política social. Esa política apunta al bien común de todos o de un grupo, cuyos derechos están siendo irrespetados. Definiéndola de forma breve podemos decir: política social, o Política con P mayúscula, significa la búsqueda común del bien común.

2. Política partidaria (p)

Es la lucha por el poder del Estado, para conquistar el gobierno municipal, estatal o nacional. Los partidos políticos existen en función de llegar al poder, sea para cambiarlo (proceso revolucionario), sea para ejercerlo tal como está constituido (gobernar el Estado que existe). El partido, como ya lo dice la palabra, es parte y parcela de la sociedad, no toda la sociedad. Cada partido tiene tras de sí intereses de grupos o de clases que elaboran un proyecto para toda la sociedad. Si llegan al poder del Estado (gobierno), van a dirigir las políticas públicas conforme a su programa y su visión partidaria de los problemas.

Respecto a la política partidaria es importante considerar los siguientes puntos:

-ver cuál es el programa del partido;

-ver cómo el pueblo entra en ese programa: si ha sido discutido en las bases; si atiende a los reclamos históricos de la gente; si prevé la participación del pueblo mediante sus movimientos y organismos, en su concepción, implementación y control;

-ver quiénes son los candidatos que representan el programa: qué biografía tienen, si siempre han mantenido una vinculación orgánica con las bases, si son verdaderamente aliados y representantes de las causas de la justicia y del cambio social necesario, o si quieren mantener las relaciones sociales tal como están, con las contradicciones y hasta injusticias que encierran.

Bastan estos pocos criterios para darse cuenta del perfil del partido y de los candidatos, de derecha (si quieren mantener inalterada la relación de fuerza que favorece a los que están en el poder), de izquierda (si apuntan a cambios en las estructuras que marginan a las grandes mayorías), o de centro (partidos que guardan equilibrio entre la izquierda y la derecha, procurando ventajas para sí y para los grupos que representan).

Por representar a una parte, y no a la sociedad entera, la política partidaria es, por sí misma, conflictiva; los políticos son adversarios -no enemigos- porque tienen proyectos y programas diferentes. Pero tiene que quedar claro aquello que Max Weber dijo en su famoso texto La política como vocación: «Quien hace política busca el poder, bien como medio al servicio de otros fines, o bien por sí mismo, para disfrutar del prestigio que confiere». Este último modo de poder político fue ejercido históricamente por nuestras élites, a fin de beneficiarse de él, olvidando el sujeto de todo poder, que es el pueblo.

3. La fe y su dimensión política

La fe tiene que ver con Dios y su revelación. Pero está dentro de la sociedad y es uno de los factores creadores de opinión y de decisión. Es como una bicicleta: se vuelve efectiva en la sociedad sobre dos ruedas, la rueda de la religión y la rueda de la política.

La rueda de la religión se concretiza por la oración, las celebraciones, las predicaciones y la lectura de las Escrituras. Por esos medios se forman convicciones que están en la base de las decisiones concretas.

La segunda rueda es la de la política. La fe se expresa por la práctica de la justicia, de la solidaridad, y la denuncia de las opresiones. Como se ve, política aquí es sinónimo de ética. Tenemos que aprender a mantener el equilibro sobre esas dos ruedas, para poder caminar correctamente.

La Biblia considera la rueda de la política (ética) como más importante que la rueda de la religión como culto. Sin la ética, la fe queda vacía e inoperante. Son las prácticas y no las prédicas las que cuentan para Dios. No adelanta decir «Señor, Señor» y organizar toda una celebración; es más importante hacer la voluntad del Padre, que es amor, misericordia, justicia, cosas todas ellas prácticas, y por tanto éticas, como participar en una manifestación obrera, entrar en un sindicato o en un grupo de derechos humanos.

Hay muchas relaciones de la política con la fe, y viceversa, como, por ejemplo, con el Estado, con la jerarquía de la Iglesia, con las comunidades de base y con los laicos. Queremos analizar la relación de la fe con el ciudadano individual y con el cristiano laico militante.

4. Fe, política y ciudadano individual

En lo concreto, fe y política se encuentran juntas en la vida de las personas. La política es una dimensión de la fe concreta de la persona en la medida en que vive la fe sobre sus dos ruedas: fe como culto y fe como ética, como práctica de justicia y como espiritualidad. La fe incluye la política, es decir: un cristiano, por el hecho de serlo, debe comprometerse con la justicia y con el bienestar social; también debe optar por programas y personas que se aproximen lo más posible a aquello que entendió ser el proyecto de Jesús, el proyecto de Dios en la historia.

Pero la fe transciende la política, porque la fe se refiere también a la vida eterna, a la resurrección de la carne, a la transformación del universo, cosa que ninguna política social y ningún partido o Estado pueden prometer. Nosotros queremos una sociedad justa y fraterna y al mismo tiempo queremos la resurrección de la carne y la vida sin fin, y feliz, siempre y totalmente. Pero la fe no es solamente buena para presentarnos una promesa; es buena también para inspirar una sociedad humana, justa y tolerante.

El paso de la fe a la política partidaria no es directo. O sea: del Evangelio no se deduce directamente el apoyo a un determinado partido ni el deber de votar a una persona, ni cuánto debe ser el salario mínimo. El Evangelio no ofrece soluciones, sino inspiraciones para que se pueda escoger bien un partido y decidir un salario digno. Pero para eso se necesitan herramientas adecuadas de análisis de la realidad social, movimientos e instituciones, partidos y programas que permiten dar cuerpo a la fe como práctica ética.

5. Fe, política y laico militante

El laico es miembro del Pueblo de Dios y de la comunidad cristiana. Es un ciudadano cualificado por la fe y por la militancia. Iluminado por su fe, puede y debe hacer política partidaria. Por tanto, nada de recibir órdenes de los obispos y de los sacerdotes para apoyar determinado partido (política cristiana). La política debe ser laica y no clerical. La fe cristiana y el evangelio ofrecen criterios de orientación política, algunos de los cuales queremos enumerar.

-una política liberadora: no basta reformar la sociedad que está ahí; importa construir otro modelo de sociedad que permita más inclusión mediante la participación, la justicia social y la dignidad; la liberación requiere tal proyecto, cosa que una simple reforma no consigue;

-una política liberadora a partir de las mayorías pobres y excluidas: debe comenzar bien abajo, para no dejar a nadie fuera; si comenzara por los asalariados o por la burguesía, dejaría fuera, de entrada, a casi la mitad de la población...;

-una política liberadora que use métodos liberadores, o sea, que use procesos que posibiliten la participación del pueblo, de abajo para arriba, y de dentro para afuera; esa política pretende otro tipo de democracia: no sólo la democracia representativa/delegadora (cada cuatro años tenemos el derecho de elegir un presidente y delegarle el poder, sin volver a controlarlo), sino una democracia participativa por la cual el pueblo, con sus organizaciones, ayuda a discutir, a decidir y a resolver las cuestiones sociales. En fin, una democracia socio-cósmica que incorpore como ciudadanos con derechos de ser respetados a la Tierra, los ecosistemas y los seres de la creación, con los cuales mantenemos relaciones de interdependencia.

-una política que use medios transparentes que los poderosos difícilmente pueden usar, como la verdad, la resistencia activa, la razón solidaria. Para la creación de una sociedad justa y pacífica los medios deben ser también justos y pacíficos...

La militancia exige competencia, conocimiento de la realidad social y también una espiritualidad adecuada para percibir la Utopía de Jesús realizándose en este mundo, en la medida en que hay más dignidad y mejor calidad de vida. En función de eso surgió en muchas diócesis el Movimiento fe y política, que trata de mejorar la participación de los cristianos en el campo de la política (estudiando y reciclándose) y en el campo de la fe (alimentando la mística y profundizando teológicamente las cuestiones).

Conclusión: la memoria peligrosa de Jesús

Los cristianos no deben nunca olvidar que somos herederos de la memoria peligrosa y libertaria de Jesús. Por causa de su compromiso con el proyecto del Dios de la Vida y con los humillados y ofendidos de su tiempo, fue perseguido, hecho prisionero político, torturado y condenado en la cruz, el peor castigo político-religioso de su tiempo. Si resucitó fue para, en nombre de ese Dios de la Vida, animar la insurrección contra una política social y partidaria que penaliza al pueblo -especialmente a los más pobres-, elimina a los profetas y a los predicadores de una justicia mayor y fortalece a todos los que anhelan una sociedad nueva con una relación liberadora para con la naturaleza, para con todos/as y para con Dios.


Leonardo Boff

Petrópolis, Rio de Janeiro, Brasil

Los trenes bala: Carta abierta a la Presidenta CFK

Por Mempo Giardinelli

Señora Presidenta: En mi carácter de intelectual argentino que vive en el interior del país, me dirijo a usted como uno más entre millones de argentinos que la votamos en octubre pasado, pero también porque fui de los primeros en poner en duda, públicamente, la construcción del llamado Tren Bala. Lo hice desde el inicio de los anuncios, en mayo de 2007, en la revista Debate y en los diarios La Voz del Interior (Córdoba) y Norte (Resistencia). De hecho fui uno de los primeros periodistas que subrayaron la grosera contradicción que es semejante obra en un país ferroviariamente devastado como el nuestro. Por eso me sentí aludido en su duro discurso y me permito replicar con todo respeto sus afirmaciones.

Mi argumentación fue –y la reitero– que más allá de que los trenes bala (el Intercity alemán, el TGV francés o el AVE español) requieren un contexto tecnológico y sociocultural que nosotros no tenemos, en un país en el que los ferrocarriles fueron destruidos de manera vil, y donde el sistema de transporte está colapsado, no tiene sentido ejecutar obras que beneficiarán a pocos pasajeros, los más ricos de las tres más grandes ciudades argentinas. En los AVE españoles, por ejemplo, la capacidad máxima es de 329 pasajeros (38 en Primera, 78 en Preferente y 213 en Turista) y el costo del boleto Madrid-Sevilla, por ejemplo, es de entre 115 y 174 euros. Calculando un promedio de 130 euros para esa distancia (538 kilómetros), implica un costo de 24 centavos de euro por kilómetro. Si lo pasamos a $4,50 por euro, un viaje a Rosario (300 kms) costará $324. Y a Mar del Plata (400 kms) $432.

Esos precios sólo podrá pagarlos una elite. Y si acaso llegaran a ser más bajos será mediante subsidios, con lo que todos los argentinos terminaremos pagando los viajes de esa pequeña clase privilegiada.

Por eso en mis primeras críticas a estos trenes escribí que el anuncio original de que el tren bala Retiro-Rosario costaría 1320 millones de dólares (unos 4000 millones de pesos) conducía insoslayablemente a pensar que semejante masa de dinero podría invertirse –con muchísimas ventajas– en la rehabilitación de ramales que refuncionalizarían nuestro degradado sistema con vías renovadas y trenes comunes mejorados, tanto para el transporte de mercancías como de personas.

¿No sería más sensato contar con trenes de velocidad moderada como el Talgo, que corre a 120 kilómetros por hora y bien podría llegar a Bahía Blanca, Salta, Bariloche, Mendoza o Posadas, y unir al país transversalmente de manera que un misionero que va a Jujuy o Neuquén no tenga que pasar por Buenos Aires, por caso? Esto alentaría, además, una fenomenal recuperación económica en varias provincias.

No soy especialista en trenes, pero algo sé de sentido común y puedo entrever varios problemas colaterales: un tren bala exige una infraestructura de vías especial (el ancho de vías de los europeos es de 1,668 metros); electrificación integral (el AVE utiliza corriente alterna a 25.000 Volts y 50 Hz); protección exterior de las vías con muros o vidrios blindados a ambos lados; señalamiento y comunicaciones sofisticadas con las formaciones en marcha; estaciones intermedias hoy inexistentes; enormes costos de mantenimiento y varios etcéteras.

Ahora mismo, usted anunció el tren bala Buenos Aires-Mar del Plata, a un costo de 600 millones de dólares para que viajen 300 personas en poco más de dos horas, a 250 kilómetros por hora. Yo me pregunto: ¿no sería más razonable y barato estimular la aeronavegación, hoy en tal estado terminal que apenas hay uno o dos vuelos diarios a Mar del Plata, cuando hace años había decenas?

Respetuosamente, Señora, pienso que está mal asesorada. Y es que en su Secretaría de Transporte sigue como titular el señor Ricardo Jaime, que en mi opinión y la de millones de argentinos (estoy convencido de ello, porque los veo padecer) es el más inepto funcionario de la gestión de su marido y de la suya. A la vista está su obra: el colapso ya inaguantable de la aviación comercial; los absurdos subsidios a los pésimos servicios ferroviarios y el deficiente sistema vial que hace que este país todavía no tenga autopistas transversales.

Tanto o más que la crisis energética, hoy el transporte es el mayor freno al desarrollo de la Argentina. Es imposible una política seria de industrialización, pleno empleo e inclusión social en un país desconectado como el nuestro. Es imposible combatir la pobreza y la indigencia que persisten, cuando provincias enteras han sido y son privadas de ferrocarriles y líneas aéreas, y sus caminos son deplorables.

La aeronavegación comercial en Brasil, México, Colombia o Venezuela está a cargo de docenas de aerolíneas que cubren extensos territorios. En cambio nosotros tenemos provincias que tuvieron seis o siete vuelos diarios y ahora sólo uno, o ninguno. Y no basta la condena a Aerolíneas Argentinas, que al fin y al cabo es una empresa privada, extranjera, que bien o mal ha invertido aquí y quiere ganar dinero, lo cual está perfecto. El problema no es esa compañía, sino el descontrol de una gestión oficial ineficiente y dañina.

Entonces, ¿no tenemos el derecho –y como intelectuales, la obligación–- de preocuparnos ante la posibilidad de que los trenes bala sean igualmente descontrolados, además de caros? ¿Es desmesurado pensar en todo lo bueno que se podría hacer en materia ferroviaria con los miles de millones de dólares que costarán los bala? Decir todo esto no es tratar “los temas con ligereza”, Señora, ni es resistencia a los cambios. Sé que usted me lee, y entonces sabe que no formo en las filas, precisamente, de lo que usted bien llamó “el pensamiento conservador”. Y si cabe una confesión cívica, yo la voté a usted porque desde 2003 nos gobierna una administración por lo menos contradictoria, y no, como fueron hasta entonces, gobiernos monocolores en su inoperancia, cretinismo, corrupción o todo eso junto.

Muchos la votamos esperando que usted continúe lo mejor de la gestión de su marido (Educación, Cultura, Defensa, Derechos Humanos, Cancillería, Corte Suprema de Justicia) y que ratifique –como ha hecho– el avance de los juicios a los genocidas. Pero también la votamos con la esperanza de que su gobierno termine con la corrupción; los organismos de control que controlan mal o nada; el clientelismo y la política como negocio y mil asuntos más, como la discriminación gremial a la CTA.

Es perfectamente posible, bueno y cívico hacer esta distinción, y no, como hace la miope oposición que hoy tenemos, ver todo en blanco y negro, o peor, sólo lo negro (aunque desde luego existe y mucho).

Para terminar, con absoluta honestidad y sin ironía alguna, le confieso que no sé si esto que escribo tiene el rigor intelectual que usted demanda, pero sí le aseguro –con el mayor de los respetos– que usted en este asunto está equivocada. Y es mi opinión que la están asesorando mal quienes acaso tienen, como sospechan muchos argentinos, intereses poco transparentes.

Acepte, por favor, mi saludo más respetuoso.


publicado en Pagina 12 el Domingo, 10 de Febrero de 2008